La celda es pequeña. No más de seis metros cuadrados. Un ventanuco dispara una luz azulada en la estancia. Hay un lavabo metálico, una taza, dos rollos de papel higiénico y, en una esquina, un camastro con un antifaz. El Chapo lo usa para dormir. En ese espacio pasan lentas las horas. Hace dos meses que le metieron ahí después de sacarle de la cárcel de El Altiplano. Esposado de pies y manos fue enviado de noche y sin mayores explicaciones al penal de Ciudad Juárez. El traslado se decidió tras haberse detectado una fisura en la seguridad.
En El Altiplano, las reuniones de El Chapo con los abogados, los vis a vis y las visitas a la enfermería obligaban a sacarle del perímetro central. Esos paseos fuera del anillo blindado ofrecían un punto de fuga. “Eran una rutina peligrosa”, señala una fuente policial. Bastó eso y el humillante recuerdo de su evasión el 11 de julio de 2015 para enviarle 1.800 kilómetros al norte.
En Ciudad Juárez se clonó el blindaje de El Altiplano. En el interior, 75 agentes se dedican exclusivamente a su custodia; en el exterior, 600 policías y soldados. Un castillo insomne donde el todopoderoso líder del cártel de Sinaloa–“suministro más heroína, cocaína y marihuana que nadie en el mundo”, se ufanó ante el actor Sean Penn- mata su tiempo con un ajedrez y unos pocos libros.
Por sus manos han pasado El Quijote, Una vida con propósito, del pastor evangélico Rick Warren, y últimamente El caballero de la armadura oxidada, una obra de autoayuda
Los libros los guarda El Chapo en la mesa, entre el tablero y los legajos de su extradición. Los papeles, de los que cuelgan cintas azules y rojas, forman una pequeña torre. Encima, como un mal estudiante, el preso ha dejado una caja de plástico blanco con restos de comida. A veces se pasa horas mirándolos.
Al decir de los responsables de la Procuraduría General de la República (PGR), su envío a Estados Unidos es inexorable. Tras su detención, el presidente Enrique Peña Nieto elevó la extradición a una cuestión de Estado. “La catarata de recursos presentados por Guzmán Loera pueden retrasar el proceso, pero no pararlo”, señala una fuente de la PGR.
En esta cuenta atrás, el mayor temor del Ejecutivo radica en una nueva fuga. Su impacto sería demoledor y pulverizaría al mismo presidente. Por ello, se han apretado todas las tuercas. Las legales y las policiales. Nada se ha dejado al azar, ni siquiera su intimidad. Las cámaras le siguen continuamente. Graban sus movimientos. Y los de sus guardias. Como en un juego de espejos, no hay vigilante que no sea vigilado.
El Chapo lo sabe. Habla poco. Sus abogados han denunciado sus condiciones de aislamiento. “El trato es cruel, inhumano y torturante; puede acabar con su vida”, sostienen. Los encargados de su custodia aseguran que se encuentra bien, aunque admiten que se evita por todos los medios que entre en contacto con los guardias. El protocolo es estricto. En El Altiplano un funcionario le preguntó si era su cumpleaños y fue despedido. El líder del cártel de Sinaloa, a juicio de las fuerzas de seguridad, es tóxico. Su proximidad corrompe. Lleva toda la vida rompiendo voluntades. El plomo o la plata. Es lo que ofrece. Incluso si le tienen esposado y con un revólver apuntándole.















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